03 marzo 2012

Interioridades del fumador

Humo placentero
     Cuando enciendo un habano en la tranquilidad de mi casa, en el marco y tiempo que he escogido, siento un maravilloso y verdadero sentimiento de plenitud, de sosiego, de compenetración con todo cuanto me rodea, disfrutando plenamente de esos preciados instantes, sublimes aunque tan fugaces, como el propio humo que se eleva hacia el infinito, pero al fin y al cabo instantes inolvidables.
     Un buen habano nos acerca a un vital sentimiento, a un placer que nos procura en el que hay algo indefinible, algo que nunca llegaremos a comprender. Pero siempre continuaré preguntándome qué es lo que tiene un habano que intensifica y prolonga el placer de fumar, que le otorga esa particular y especial sensación a la que tantos fumadores nos sentimos vinculados y atraídos de forma permanente.
     En ocasiones de máxima relajación nos parece que ese humo se nos presenta como algo mágico que nos permite sentir una vía de comunicación o entendimiento al menos hacia los poderes invisibles al uso de los antiguos chamanes. Un gran cigarro nos da la promesa de una voluptuosidad total, pues no es tan solo un cigarro, es "algo" más, nos adormece el dolor y puebla nuestras soledades de una compañía placentera durante toda su fumada, encontrando ritmos ya olvidados de la propia vida.
     Si algún secreto pues posee el habano es que en los gestos lentos y mesurados, dignos y comedidos, hay más que una buena costumbre, hay una verdadera ceremonia digna de todo aquel que sepa elaborarla y disfrutar de su existencia.